Alcaldes que llegan y se van por la puerta de atrás

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Hace más de tres años, al interior del Partido Revolucionario Institucional (PRI) se tomaron una serie de decisiones que tuvieron como consecuencia la imposición de candidatos a alcaldes sin popularidad, que ganaron gracias a la estructura del partido y los efectos que provocaron el gobernador Aristóteles Sandoval Díaz y el presidente Enrique Peña Nieto. Sin embargo, llegaron, por caprichos de quienes tomaban las decisiones, por la puerta de atrás, y así se van.

Ramiro Hernández García quería ser candidato a alcalde de Zapopan y así se lo hizo saber a sus amigos con poder de decisión en el Comité Ejecutivo Nacional (CEN), que empezaron a presionar para cumplirle. Sin embargo, se toparon con el entonces alcalde de ese municipio, Héctor Vielma Ordóñez, quien advirtió que no lo permitiría e incluso fue capaz de sacrificar la Senaduría que ya tenía en la bolsa, por imponer a su delfín, Héctor Robles Peiro.

Fueron días de jaloneos y diferencias al interior del tricolor, pero los que mandan se salieron con la suya, dejando de lado lo que decían las encuestas. Su argumento era que a cualquiera que pusieran en la boleta ganaría.

El desenlace fue una serie de enroques: Vielma impuso a Héctor Robles en Zapopan, poniendo sobre la mesa su candidatura a senador, que fue entregada como premio de consolación a quien encabezaba las encuestas, el ahora legislador federal, Jesús Casillas Romero. Desde la Ciudad de México, hicieron a un lado a quienes habían trabajado por la candidatura en Guadalajara e impusieron a Ramiro Hernández.

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En los tres municipios, este primero de octubre habrá autoridades de otro partido político y los tres alcaldes se van entre severos cuestionamientos por sus deficientes administraciones, en las que creció el gasto en burocracia, bajó el de inversión y se registraron escándalos de inseguridad y corrupción.

Las diferencias entre Héctor Vielma y Héctor Robles comenzaron desde antes que este último asumiera el cargo y terminó con un rompimiento irreparable. Ramiro Hernández ha dicho a más de alguno de sus amigos que él ni siquiera quería ser alcalde de Guadalajara y que contaba los días para que terminara el gobierno. En Tlaquepaque, la familia Barba se va tres años a la banca política.
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